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Si después de leer esta entrada en el Blog queréis señalar a un responsable es este Tweet:

Claro, después de verlo me entraron unas ganas irresistibles de escuchar la Novena Sinfonía de L. V. Beethoven otra vez… –nunca me cansaré-. Escuchar esta música sólo, acompañado, en la playa con auriculares, de viaje en tren, coche, en un avión mirando por la ventana, haciendo el pino puente… da igual, es una música imperecedera, eterna y de una profundidad tan inmensa… ¡cómo expresar con palabras lo que representa!

«La música empieza donde se acaba el lenguaje» (Ernst Theodor Amadeus Hoffmann).

Así que no me pude resistir a compartir esta versión de L. Bernstein con la Filarmónica de Berlín en Facebook…

Y, lo más gracioso, acabé haciendo comentarios a cada una de las partes según me iba apeteciendo, si los leéis os vais a reír… Aquí tenéis la publicación en Facebook -si hacéis clic en comments los podréis leer-:

Tontamente llegué a una reflexión que no es nueva:

¿qué estamos haciendo mal los “músicos clásicos” para que nuestra música contemporánea no cree la expectación que creaba hace no tantos años al presentarse por primera vez en público?.

Muchas veces lo achacamos a la falta de educación musical, pero yo mismo, músico profesional, me siento desligado de la música clásica contemporánea y, creo, soy de los que se esfuerza por entender, por escuchar, por aprender, por buscar… Así que debe haber un error en algún sitio, ¿un error en nuestro gremio?, porque es indudable que hay una fractura entre el “músico contemporáneo clásico” y el público contemporáneo -entendido como público general-.

Claro que ya nos afirmaba Pierre Boulez (1925) en una entrevista en 2013 en El País:

El arte moderno en general está más expuesto al ojo público que la música.

El propio entrevistador -Daniel Verdú- le preguntaba: ¿Por qué Jackson Pollock forma parte del lenguaje cultural moderno y György Ligeti no? . Y Pierre Boulez nos da una clave: “La gente está abierta a conocer cosas nuevas. El problema son las instituciones que a veces no las programan”.

Hay un artículo en el Blog In the mood for Music que habla precisamente de La Programación de las Orquestas Españolas. En este artículo, donde hace una serie de estudios de estadística, realiza una media con las fechas de composición de las obras programadas por cada orquesta y llama la atención sobre el hecho de que la media de la orquesta que más obras contemporáneas programa -la Orquesta Sinfónica de RTVE– sea el año 1909. Otra de las observaciones más llamativas la realiza el estudio a partir de las programadas según la década de composición: las obras compuestas a partir de 1950 casi no se programan en relación con el resto.

Sería muy interesante realizar este estudio directamente en los conservatorios: ¿qué programamos los profesores?. Es muy necesario programar obras “convencionales” -Barroco, Clásico, Romanticismo, “contemporáneo”-obras de la primera mitad del s. XX-, pero ¿qué, o mejor, cuánto programamos de después de 1950?.

Hace tiempo que apunté una frase de Luigi Nono (1924-1990) que viene al caso y que nos puede ayudar a reflexionar:

“Antes de cambiar la música hay que cambiar al oyente”

Este mismo mes mantenía una conversación con Albert Atenelle sobre el tema: ¿qué derecho tenemos los profesores, por error u omisión, a negar a los alumnos el enriquecimiento que supone la apertura de su programación a obras más cercanas en el tiempo, con lenguajes y sonoridades diferentes?. No dar a conocer cierto repertorio a los alumnos es negarles una evolución necesaria, abrir su oído, ampliar su espectro sonoro y desarrollar su creatividad, así como distanciarlos de la realidad musical contemporánea.

Y ahí me quedo; quizá esta reflexión venga a raíz de escuchar a Antonio Narejos hablar precisamente de esto en un curso, pero Beethoven ha sido el desencadenante o, más bien, el Tweet sobre su Novena.

Sé que es un tema muy complejo y del que se puede escribir mucho, así que espero que os haya gustado escuchar la sinfonía. ¡Hasta la próxima!

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