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Compositor francés, contemporáneo de Claude Debussy, Maurice Ravel (1875-1937) coincidía y participaba en los gustos de la música francesa: melodía sencilla, ambigüedad armónica, tímbrica luminosa o formas sin complicaciones; unos gustos muy alejados de la música alemana con sus grandes “construcciones arquitectónicas”, una música más densa.

Maurice Ravel buscaba la perfección en su oficio; él mismo afirmó que aspiraba a ésta sin límite, ya que estaba seguro de no alcanzarla jamás por mucho que lo intentase.

Cualquier obra para piano u orquesta de Ravel nos mostrará una escritura “cristalina” y llena de matices, lo que repercutirá en el sonido: preciso, definido, evitando el “difuminado” en todo momento.

“La Valse” es una de las obras más características del compositor francés, la compuso en 1920 para el Ballet Ruso de Serguei Diaghilev, aunque no llegó a estrenarse con esta compañía debido a que el propio Serguei Diaghilev afirmó que “no era un ballet, sino una pintura de un ballet”.

En “La Valse” apreciaremos los característicos “crescendos abortados” de la música del compositor francés, pasajes que ganan en intensidad pero que no llegan a culminar, sino que pasan a otros diferentes y contrastantes.

En la primera versión que os invito a escuchar, L. Bernstein (director y compositor; compuso la música de “West Side Story”) dirige la Orquesta Nacional de Francia; se escucha muy claramente esa riqueza tímbrica (uso de los diferentes instrumentos) tan característica en Maurice Ravel, un gran orquestador, así como esos crescendos de los que he hablado; un tempo (velocidad) casi perfecto el que escoge el gran director L. Bernstein.


En esta segunda versión de “La Valse” os invito a escuchar al gran pianista Glenn Gould; una transcripción para piano de la misma pieza.

Glenn Gould es uno de los grandes pianistas del s. XX, muy conocido por sus grabaciones de J. S. Bach; si os fijáis en su posición ante el teclado seguro que os llama la atención: sentado con una silla casi de fabricación casera y a ras de suelo; y una imaginación desbordante.

Llama la atención la capacidad de este pianista de acercarse a lo que Maurice Ravel pretendía con la orquesta, la gama tímbrica y los resultados sonoros que consigue son asombrosos.


Dos versiones para disfrutar tanto auditiva como visualmente y para volver a comparar desde dos perspectivas tan relativamente alejadas como son el piano y la orquesta.

 

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